GICES XIX UAB


Ministerio de Ciencia e Innovación

Buscador · Informe de cuentos · «La reina de la nieve »

Título: «La reina de la nieve»
Título Original: «Die Schneekönigin»
Variantes del título:
Autor: Andersen, Hans Christian - ()
Traductor: - ()
Firmado:
Revistas: El Mundo Pintoresco, III, 38, 39, 40, 41, 42 (16 de septiembre de 1860; 23 de septiembre de 1860; 30 de septiembre de 1860; 7 de octubre de 1860; 14 de octubre de 1860), pp. 303-304, 311-312, 319-320, 327-328, 335-336.
Volúmenes:
Variantes:
Resumen: Érase una vez hubo un malvado duende, de hecho un diablo, que creó un espejo mágico de naturaleza turbia que era capaz de alterar la realidad de todo aquel que viera al mundo a través de él. Dicho objeto poseía la cualidad de transformar lo bello en lo más horroroso, hacía desaparecer la hermosura del mundo y realzaba todo lo malo que ocurría en él.


El duende, dichoso de su invención, hizo correr la noticia por su escuela de brujería y los duendes que a ella asistían. Mostraron el espejo alrededor del mundo, burlándose de la enturbiada visión que éste causaba en las vidas de las personas. Tal empresa tuvo tal éxito que el diablo intentó llevar el espejo al cielo, frente a los ángeles y al mismísimo Dios. No obstante, de camino, ante la diversión que le esperaba e impaciente por contemplar el caos que propagaría, el espejo resbaló de sus manos y fue a parar a la tierra, donde se rompió en infinitos pedazos. Algunos se clavaron en el corazón de la gente, otros empañaron la visión de sus ojos y otros tantos viajaron lejos.


En una gran ciudad vivían un niño y una niña llamados Kay y Gerda que eran amigos desde pequeños. Ambos eran vecinos y se sentaban a contemplar las flores y rosales que crecían en sus jardines y que crecían por los canelones que conectaban los tejados de sus casas. Un día que nevaba con fuerza, la abuela de Kay les contó que los días de tormenta, una mujer mágica llamada la Reina de las nieves bajaba camuflándose entre los copos de nieve y observaba a los aldeanos a través de las ventanas. Kay, presumiendo de ser un valiente, exclamó que tal mujer viniera a verle. Esa misma noche, el pequeño se quedó mirando por la ventana de su cuarto cómo nevaba. De repente uno de los copos cayó sobre las flores de los canalones y empezó a crecer y crecer hasta que, de pronto, se convirtió en la Reina de las nieves. Iba vestida de blanco, era increíblemente bella y brillaba con intensidad, pues estaba hecha de hielo. Kay se asustó y se cayó de la silla. Luego se fue a dormir sin contar una palabra de lo que había visto a nadie.


Al día siguiente, tras helarse y fundirse la nieve y el hielo, llegó la primavera y los niños se dedicaron a pasear juntos de la mano. Se pararon a leer un libro de animales cuando Kay notó que algo se había clavado en su pecho y en su ojo. A pesar de que Gerda no vio nada sospechoso en el cuerpo de su amigo, a partir de aquel día Kay cambió por completo. Se volvió antipático, se burlaba de la gente y encontró todo lo bello que le rodeaba en algo feo y desagradable. Era por culpa del trozo de espejo del pequeño diablo, que se había instalado en su ojo y en su pecho, impidiéndole contemplar el mundo tal y como era en realidad.


Un día de invierno, Kay salió a jugar con su trineo y ató este a uno más grande, por el cual se dejó arrastrar. No obstante, el trineo más grande cada vez aceleraba más y más deprisa hasta que, incapaz de soltarse, Kay se dio cuenta de que habían salido despedidos y que volaban por el cielo. Cuando la figura que llevaba el enorme trineo se volvió, Ky se dio cuenta que era la Reina de las nieves. La mujer le preguntó a Kay si tenía frío. El joven respondió que así era por lo que la Reina le besó en la frente y, al hacerlo, Kay dejó de sentir frío pero, también, olvidó a su abuela, a su familia, a sus amigos y a Gerda. Con el paso de los días y al ver que su amigo no volvía, Gerda fue en busca de Kay con la única información que conocía: el joven había salido a toda velocidad arrastrado por un extraño trineo.


La joven, al creer que podía haber caído al río, se aventuró por las corrientes en una barca que intentó detener pero no pudo. Creía que iba a ahogarse cuando una anciana la retuvo y la acercó a la orilla ayudándose de un bastón de madera. Se llevó a Gerda a su casa para que recuperara fuerzas y descansara. Una vez allí, le ofreció cerezas para comer y le peinó su cabellera con un peine de oro con el que, cuanto más acariciaba su cabello, más se olvidaba Gerda de Kay. La joven se quedó todo el invierno haciéndole compañía a la extraña anciana mientras ésta, para evitar que Gerda recuperara la memoria, escondía todas las rosas de su tierra. No obstante, con la llegada de la primavera y el contemplar las flores, vislumbró una rosa en el sombrero de la anciana. Gracias a ello se acordó de nuevo de su amigo y abandonó aquel lugar para continuar su viaje.


Gerda comenzó a andar hasta que se encontró con un cuervo que le preguntó cuál era su destino.  Le explicó su historia y le preguntó por su amigo Kay. El cuervo respondió que era posible que estuviera cerca ya que, un joven similar a Kay, había contraído matrimonio con la princesa del reino y ahora vivía junto a ella en su castillo. Convencida de que se trataba de su amigo, Gerda pidió ayuda al cuervo y a la novia de éste. Ambos la ayudaron a introducirse en el castillo, llegando a los aposentos de la pareja real, pero al acercarse al joven príncipe que dormía, la joven se dio cuenta de que no se trataba de su amigo. Desconsolada, rompió a llorar frente a la princesa y su príncipe, quienes escucharon conmovidos la historia de la joven. Emocionados, premiaron la ayuda de los cuervos y consolaron a Gerda ofreciéndole unas botas, unos guantes y una carroza de oro que la llevaría a donde necesitara. En su búsqueda, unos bandoleros se interesaron por el hermoso carruaje de la joven y la atacaron. Fue apresada y llevada a ser la compañera de juegos de la hija pequeña de una bandolera. Una noche a punto de irse a dormir, Gerda vio aparecer a dos palomas que le descubrieron que su amigo se encontraba en Laponia junto a la Reina de las nieves. Al escuchar la historia, la bandolera que había secuestrado a Gerda se apiadó de ella y la dejó continuar su búsqueda en compañía de un reno al que también tenía preso.


Gerda fue a parar delante de una casucha de pobre aspecto en la que vivía una vieja laplanesa que freía pescado en una lámpara de aceite. El reno le contó su historia y la de su compañera a la desconocida mientras Gerda descansaba, agotada por el largo viaje. La mujer les respondió que les faltaba camino para llegar a casa de la reina de las nieves todavía, ya que vivía en Finlandia, pasando el verano. Les prometió escribir un mensaje para una vieja finlandesa amiga suya les guiara por aquellas tierras. Una vez escrito dicho mensaje y tras haber recuperado las fuerzas, Gerda y su compañero de viaje partieron en dirección a Finlandia. Llegaron a una casa sin puerta en la que entraron por la chimenea, hallando en su interior un calor casi insoportable y a una mujer casi desnuda. Resultó ser la finlandesa destinataria del mensaje.


Gerda y el reno le contaron su historia de nuevo mientras ella les escuchaba, atenta. El reno le preguntó, en afán de ayudar a su amiga, si ella podía crear un talismán que concediera la fuerza de diez hombres para vencer a la reina de las nieves. La finlandesa le murmuró al reno que el amigo de la joven, Kay, residía a gusto con la reina de las nieves en su palacio por culpa del espejo que se encontraba atrapado en el ojo y el corazón del chico. Explicó que Greda no necesitaba ningún talismán pues ella misma poseía la fuerza más grande de todas: su amor, bondad e inocencia, virtudes que la habían hecho superar todos los obstáculos y encontrar el camino correcto para salvar a su amigo. Cuando la finlandesa les indicó dónde vivía la Reina de las nieves, el reno condujo a Greda una parte del camino. La dejó a los pies de un árbol de frutas y volvió por el camino andado. Mientras avanzaba entre la nieve, Gerda vislumbró que se le acercaban unos enormes copos de nieve que surgían del camino. Eran los soldados de la Reina de las nieves con la intención de detenerla. Gerda empezó a rezar convirtiendo su aliento en figuras de ángeles, que armados y valientes como soldados, vencieron a la hueste de copos de nieve. La joven continuó su camino mientras los ángeles le calentaban las manos y los pies, siguiendo su aventura en busca de su amigo Kay.


En el castillo de la Reina de las nieves todo estaba envuelto en hielo y en el más absoluto frío. La Reina de las nieves había partido hacia el Vesubio mientras Kay se entretenía creando figuras de hielo. Cuando estuvo en aquel lugar, Gerda descubrió a su amigo Kay en el centro de un enorme lago, completamente congelado e inmóvil. La joven lloró desconsolada encima del pecho del chico, consiguiendo que sus lágrimas penetraran en su corazón derritiendo el hielo que lo cubría. Le cantó una canción y Kay, conmovido, empezó a llorar destruyendo con ello el pedazo de espejo que se había instalado en su ojo. Kay volvió de nuevo a ser el mismo y abrazó a su amiga, embargado por la alegría.


Agotados, se echaron al suelo y se colocaron de tal modo que escribieron “Eternidad” en él, la cual resultaba ser la palabra que la Reina de las nieves había dicho que Kay debía encontrar para recuperar su libertad y ser dueño de todo aquel palacio. Gerda le besó las mejillas y éstas recuperaron su color, besó sus manos y sus pies empezando a moverse llenos de salud. Cogidos de las manos, salieron del palacio y partieron junto al reno rumbo a casa. De nuevo en su hogar, descubrieron que nada había cambiado y entraron en su cuarto, donde se sentaron en las sillas en las que solían pasar sus ratos cuando eran niños. Allí se quedaron, sentados y cogidos de la mano al mismo tiempo que su abuelita los observaba llena de felicidad por tenerlos de vuelta.


Se deleitaron recordando su infancia mientras las aventuras pasadas por la Reina de las nieves se desvanecían poco a poco de sus mentes. Se quedaron juntos el resto de su vida y allí pasaron su vida recordando, ya crecidos, pero todavía con los corazones propios de unos niños.

Temas, motivos y tipos: Amistad. Seres mágicos. Naturaleza. Niñez. Viaje maravilloso.
Aspectos formales: Se trata de un cuento formado por siete capítulos (que llevan por título «El espejo», «Un niño y una niña», «El jardín encantado», «El príncipe y la princesa», «La ladronzuela», “La laplandesa y la finlandesa» y «Del castillo de la reina de la nieve y de lo que en él pasó») y publicado en cinco entregas. El narrador de la historia es omnisciente, sin intervenir en ningún momento en el relato ya sea para participar o dar a conocer una opinión propia. Su única labor es dar a conocer los pensamientos y diálogos de la pareja protagonista así como de los diversos personajes que aparecen e intervienen en sus aventuras.


El tiempo es lineal, determinado por el paso de las estaciones que señalan el inicio y final del relato con la llegada de la primavera, por lo que se deduce que la historia transcurre a lo largo de un año. En lo que respecta al espacio, este es sencillo, puesto que se sitúa a los personajes en multitud de situaciones distintas: la ciudad natal de Kay y Gerda, los parajes en los que la joven conoce a la anciana del peine de oro, el reino ficticio del príncipe y la princesa… No obstante, también se alude a países o tierras reales, como es el caso de la región de Laponia y la posterior localización del último capítulo en Finlandia, situado en la Laponia finlandesa.

Sección:
Observaciones: «La reina de la nieve» es el octavo cuento de la colección que tradujo El Mundo Pintoresco entre el 29 de julio y el 21 de octubre de 1860 bajo el título Las hadas y sus hechizos. Cuentos alemanes por Hans Christian Andersen.

Clasificación genérica: Folclórico. Maravilloso.

Carla Ribera

Imprimir